—¿Entonces?
—Sencillamente, porque en estos dias se han cumplido los cinco meses que os anuncié que pasarian, para que un amigo vuestro muriese asesinado por mano de un su amigo, ¿recordáis?
—¿Es decir que el hombre que yo he muerto?
—Es el Oidor Don Fernando de Quesada.
—¡Maldita sea mi suerte!—esclamó Martin, dándose una palmada en la frente, y quedándose luego en una especie de estupor, que por largo tiempo respetaron la bruja y el Ahuizote.
—Voy á denunciarme yo mismo—dijo de repente Martin, dirigiéndose á la puerta.
—Si yo te lo consiento—contestó el Ahuizote apoyándose de espaldas en la puerta cerrada, y tomando á Martin de los brazos.
—Quiere decir—preguntó Martin con una calma espantosa—que despues de que tú me has señalado la víctima para herir, me impides vengarme de mí mismo por crimen tan atroz.
—Yo no sabia de quién se trataba.
—Sí, tú lo sabias lo mismo que la Sarmiento que me ha dicho á quien yo maté, cuando aun yo mismo lo ignoraba.