—Pero tú estás cierto de que ese hombre ha estado en la casa de tu querida en altas horas de la noche, y yo no te llevé sino á desengañarte de lo que tú me negabas.
—Ahuizote—dijo Martin con la misma calma que antes—¿me dejas salir ó no?
—Martin—dijo la bruja—¿queréis que os dejemos salir, cuando estamos ciertos de que vuestra denuncia nos conduce á mí á la hoguera y al Ahuizote á la horca?
—No soy yo capaz de denunciar á nadie, y menos á vosotros, á quienes estoy unido por los juramentos de la Compañía negra: voy á declararme culpable yo solo; á que me juzguen y me castiguen á mí solo, porque no puedo ya soportar la vida, tras lo que ha pasado.
—Pero eso es un suicidio, una locura que nosotros no podemos consentir de ninguna manera.
—Por última vez, ¿me dejan el paso libre?
—No, no, y no—dijo en esta vez con resolucion el Ahuizote.
Garatuza se hizo un poco atrás y sacó su daga para lanzarse sobre el Ahuizote; pero en el momento de alzar el brazo sintió que se lo tomaban como entre dos tenazas de hierro, volvió el rostro, y era el sordo-mudo Anselmo que durante la disputa habia venido acercándose á una señal de la Sarmiento.
El Ahuizote le tomó los pies y la bruja la cabeza, y en un instante el Bachiller quedó completamente sujeto y con una mordaza.
—Bachiller—le dijo la Sarmiento—tenemos que mirar por nosotros mismos, estais loco, os perdeis y nos vais á perder á todos; ya os entrará la calma y entonces agradecereis todo esto que por vos hacemos—y luego agregó dirigiéndose al Ahuizote y haciendo una seña al sordo—Al subterráneo.