—Dios os guarde, niño—contestó la bruja prendada de la gallardía y belleza del mancebo, que sin ceremonia tomaba asiento en uno de los sitiales.
—Señora Sarmiento—dijo el adolescente, bajándose el embozo y acercando á su rostro el candil encendido que tenia la bruja.
—Solo para serviros—dijo mas y mas admirada la Sarmiento.
—Miradme bien: ¿qué me advertís?
—Mas os miro, y no os conozco, y solo veo—dijo con cierta salamería la bruja—un niño como un ángel.
—Poned mas cuidado—¿qué notais?
—¡Ah! ¡las orejas agujeradas!
—¿Entónces?
—¡Una dama!
El muchacho hizo una señal afirmativa con la cabeza. La bruja reflexionó, mirándole con suma atencion, como si quisiera tener un recuerdo de aquella fisonomía á fuerza de mirarla.