—Pero no en esta casa.
—¿Pues en dónde?
—En la calle de la Celada, en la casa de Don Alonso de Rivera á las ocho de la noche, ¿ó preferís que yo vaya á veros?
—No, iré á la casa de Don Alonso.
—¿Y llevareis el documento?
—Le llevaré.
—Estamos conformes.
—Adios—dijo Luisa levantándose y tendiendo la mano á Don Pedro—adios, esposo mio.
—Todavía no, todavía no—contestó Don Pedro con galantería, besando la mano de Luisa.
—Pero ya casi es seguro, hasta mañana.