Luisa se envolvió con su velo, y acompañada de Don Pedro atravesó en silencio, pero magestuosa como una deidad, aquellas antesalas hasta llegar á la escalera. Don Pedro le dió la mano para bajar y la dejó hasta la puerta de la calle. Habia en él mas amabilidad que la que era de esperarse.

Luisa salió á la calle seguida del Ahuizote, y Don Pedro volvió á subir en busca de Don Alonso.

Teodoro observaba todo sin moverse.

—Don Pedro—dijo Rivera, al verle entrar.—Estais demudado.

—¡Ay amigo mio! es que puedo deciros que casi he visto al diablo.

—¿Cómo?

—Luisa acaba de llegar á reclamarme el cumplimiento de mi promesa de matrimonio.

—¿Supongo que os habreis negado redondamente?

—No, porque esa muger es un enemigo terrible, y tiene armas poderosas.

—¿Y habeis cejado por temor?