Luisa se quedó enteramente turbada; muerto Don Manuel de la Sosa, Teodoro era el único hombre que la conocia sobre la tierra.
Don Alonso observó el efecto que la presencia de su esclavo obraba en Luísa, y sin meterse á averiguar la causa, quiso aprovecharse de él.
—Teodoro—le dijo—has que salgan esos hombres, y conduce á esta señora allá dentro.
—Señor—contestó Teodoro—no seré yo el que sobre esta dama ponga mi mano, á pesar de que mas que vosotros tenia yo el derecho de hacerlo.
Habia pronunciado Teodoro estas palabras con tanta dignidad, que Don Alonso le miró espantado, sin creer casi que él hubiera sido.
—Es decir—le preguntó—que te revelas contra la voluntad de tu amo.
—Aquí, señor, ya no hay ni amo, ni esclavo, sois un caballero y mi señor; pero yo soy libre por escritura otorgada por mi señora Doña Beatriz de Rivera, ante el escribano Félix de Matoso Salavarría.
—Pero entonces ¿por qué no te has separado de mi servidumbre?
—Esperaba solo lo que he alcanzado á conseguir hoy.
—¿Y qué has conseguido?