—Señor Bachiller, señor Bachiller.
—¿Qué se ofrece?—dijo desde adentro Martin.
—Levántese su merced y mire que aquí le traigo una visita, que mucho empeño ha tenido de verle.
Martin se levantó apresurado, y al mirar al negro favorito de Doña Beatriz casi dió un grito.
Teodoro quedó en silencio hasta que la Sarmiento se retiró.
—Teodoro—dijo Martin—¿venis á echarme en cara mi conducta? ¿A matarme, acaso, de órden de vuestra ama?
—No, señor Bachiller, no; yo no tengo ya ama: desde que Doña Beatriz ha tomado el velo, no seria capaz de pretender una venganza: vengo á veros, á consolaros, á sacaros de este sepulcro, en donde estais ya casi desconocido.
Y era verdad: Martin no era ya el joven rubicundo, ni el garboso Bachiller de otros tiempos: la oscuridad, el aire húmedo y mal sano del subterráneo, y sus padecimientos morales, le habian cambiado enteramente.
No habia envejecido, pero estaba pálido, su cabello y su barba habian crecido en desórden, y sus ropas estaban hechas pedazos; el pobre de Martin daba lástima.
A la Sarmiento no le convenia que saliese aún por desvanecer las últimas sospechas, y Martin se secaba en aquel antro de tristeza, de fastidio, de falta de aire, de luz, de libertad.