—Nadie ha pensado en atribuiros la muerte de Don Fernando: yo mismo que queria saber con tanto empeño quién le habia dado el golpe, no pude hasta esta noche averiguarlo; con que así nada temais y seguidme.
El Bachiller tomó su capa, su sombrero y el candil que le servia para alumbrarse en su escondite, y echó á andar conduciendo á Teodoro.
Llegaron hasta la trampa que cerraba la bóveda del subterráneo, Martin empujó, estaba cerrada, llamó y nadie contestó; hizo esfuerzos, y la puerta no cedia.
—Nos han encerrado—dijo á Teodoro.
—¿Será casualidad?
Un fuerte olor de azufre que se iba haciendo mas denso á cada momento, comenzó á percibirse en el subterráneo.
—Aquí hay alguna nueva maldad—dijo Teodoro.
—¿Pero contra mí y contra vos? ¿Quién?.........
—Luisa—dijo tranquilamente Teodoro.
—Es verdad, ¿esa muger os ha visto? ¿Sabe que estais aquí?