La bruja llevó á Luisa á la recámara, y debajo de la cama en que ella dormia levantó una pequeña losa que descubrió un agujero que comunicaba con el subterráneo.

—¿Teneis unas pajuelas de azufre?

—Sí.

—Traedme cuantas tengáis.

La Sarmiento trajo dos ó tres gruesos paquetes de pajuelas de azufre.

Luisa comenzó á dividirlos en azecillos, y luego encendiéndolos en el candil los fué arrojando unos en pos de otros por el agujero, hasta que cayó el último y tapó con la losa: todos ardieron y formaban en el fondo un montoncillo que producia nubes especísimas de humo.

—¡Ah! entiendo—dijo la Sarmiento—como hacemos con las casas enratonadas. ¿Pero mis animales que también están allá abajo?

—Esos ya se murieron—contestó sonriéndose Luisa—pero al fin que dinero sobrará despues para todo, y que mas vale que mueran esas zabandijas que no que vayamos á dar nosotras al Santo Oficio.

En ese momento se escucharon los golpes que daba Martin en la entrada del subterráneo.

—A otra puerta señores—dijo Luisa riéndose—lo que es por esa no saldreis ni con los pies por delante, porque yo supongo, señora Sarmiento, que les daremos honrosa sepultura en las mismas bóvedas.