El virey Don Diego Fernandez de Córdoba habia pasado á gobernar el Perú, cosa que en aquellos tiempos se tenia como ascenso en la carrera pública, por lo mas pingüe de aquel vireinato en que se gozaban treinta mil ducados de sueldo, es decir, diez y seis mil quinientos pesos, y la Nueva España era un vireinato de veinte mil, que hacen diez mil quinientos.

Felipe III habia enviado al marqués de Guadalcazar al Perú, á pesar de las muchas acusaciones de sus enemigos, y habia dejado para que gobernase la Nueva España con arreglo á la ley, á la real Audiencia.

Felipe IV que heredó la corona de España por muerte de su padre Felipe III, desde el 21 de Marzo de 1621, envió á México como décimo quinto virey al Exmo. Sr. Don Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, marqués de Gelves y Conde de Priego, hijo segundo de la casa de los marqueses de Tabira, del Consejo de Guerra de S. M., que con el renombre de valeroso Capitan y rectísimo Gobernador, habia en los últimos años regido en Aragon.

Como el marqués de Gelves tiene que hacer un papel importante en el resto de nuestra historia, nos detendremos un poco para contemplar esa figura, que sin duda es la mas notable entre los vireyes de la Nueva España despues de la del célebre conde de Revillagigedo.

El marqués de Gelves, inteligente, impetuoso, rígido, escrupulosamente justiciero, valiente y acostumbrado desde su juventud á la severidad de la disciplina militar, llegó á Nueva España con órden espresa del rey para reformar las costumbres y reparar los daños que la negligencia de sus antecesores habia causado en el reino.

En aquellos momentos la situacion de Nueva España era verdaderamente triste.

Los pobres, oprimidos, no encontraban amparo ni justicia; el monopolio de los ricos, encarecia de tal manera los efectos de primera necesidad, que las gentes se morian de hambre.

La justicia se administraba al mejor postor como una mercancía; los caminos y las ciudades estaban llenas de ladrones, salteadores y bandoleros, cuya audacia llegaba hasta el hecho de haber sido robados diez y ocho mil pesos de las cajas reales, horadándose las paredes y fracturándose las cerraduras.

Los ricos fuera del alcance de la ley y de la autoridad, se constituian en señores feudales con derechos de vida y haciendas, asombrando al reino con su soberbia y disolucion.

Por las noches nadie podia ya salir de su casa, porque cuadrillas de hombres armados andaban por las calles robando á todo el mundo, é insultando á todos, sin perdonar al mismo Arzobispo de México que lo era aún Don Juan Perez de la Cerna.