El marqués de Gelves, con una voluntad firme y con una resolucion indomable, comenzó á poner en todo el remedio.
Los monopolios de las semillas y de los demás efectos de primera necesidad cesaron, bajando así los precios y comenzando á remediarse las necesidades de los pobres, que habian llegado á un estremo increible, por esos que se llamaban «regatones» que eran compradores y revendedores, entre los cuales se contaba el mismo Arzobispo, que tenia en su casa una carnicería que le hizo quitar el virey.
La justicia comenzó á administrarse á todo el mundo, y comenzaron á verse castigados ricos, y nobles, caballeros y jueces, alcaldes y abogados, por las faltas en su administracion.
El Arzobispo, los Oidores y los Ministros de la Audiencia, perdieron su antigua soberbia y poderío, y por último las cuadrillas que salian por todas partes en persecucion de los delincuentes, ladrones y salteadores, habian logrado aprehender y castigar á muchos, dejando limpios los caminos y devolviendo la tranquilidad á los pacíficos vecinos de las aldeas y de las ciudades.
El marqués de Gelves era por tanto el blanco de los odios de los ricos, de los nobles, del Arzobispo y de sus partidarios y de la gente perdida.
II.
Don Melchor Perez de Varais.
EN la portería del convento de Santa Teresa, un caballero y una señora esperaban con impaciencia el momento en que se pudiera hablar á las religiosas.
Debian ser personas las dos de mucha distincion, porque ademas de ir ambos ricamente vestidos, el caballero ostentaba insignias de nobleza, y era saludado con profundo respeto por cuantos al pasar acertaban á verle.
Muestras daban ya de impaciencia aquellas personas, cuando al traves del torno se escuchó una voz que decia:
—Señor Corregidor.