—Entonces, hacedme la gracia de esperar un poco, que voy á que os abran un lugar á donde podais hablar con Sor Blanca.
—Muy bien—dijo el Corregidor.
—Verdaderamente, estoy ansiosa de arreglar el negocio de esa pobre criatura—dijo Doña Isabel á su marido.
—¿Conoceisla?
—No, pero me interesa sin haberla visto nunca.
—Pobrecita; la fortuna es que casi todo le ha salido á pedir de boca.
En este momento se abrió una de las puertas que estaban inmediatas al lugar en que hablaban Don Melchor y su muger, y una monja les hizo seña de que pasaran. Entraron ambos, y la monja se retiró.
Poco despues apareció Sor Blanca.
Aunque iba completamente cubierta habia algo en su modo de andar, en su talle, en todo, que indicaba, que denunciaba por decirlo así, que era una muger tan hermosa como desgraciada.
Los dos esposos se levantaron con respeto al verla entrar.