—¿Conque sois vos?—dijo la monja, con un acento dulcísimo—¿mi noble protector Don Melchor Perez de Varais?

—Sor Blanca, nada me teneis que agradecer, porque vuestras desgracias os hacen acreedora á todo género de consideraciones, y ademas porque mi esposa Doña Isabel es quien por vos ha tomado particular empeño desde que leyó la primera de vuestras epístolas.

—Sí, Sor Blanca—dijo Doña Isabel—la relacion que haciais de vuestras penas á mi esposo, buscando su proteccion me interesaron de tal manera, que desde entonces no he cesado de trabajar hasta que ya lo veis, estamos á punto de conseguirlo todo.

—¡Dios lo permita para la salvacion de mi alma!—esclamó Sor Blanca.

—Ahora—agregó Doña Isabel—mi esposo, que es grande amigo del señor Arzobispo, ha conseguido una órden para que podamos hablaros á solas, con el objeto de que digais á mi marido cuánto mas os parezca necesario para que el señor Arzobispo resuelva.

—Ya sabeis, Sor Blanca—dijo Don Melchor—que nuestras cartas á Roma han producido muy buen efecto, y Su Santidad ha enviado un Breve al señor Arzobispo de México, facultándole para que dentro de un año pueda relajar y anular vuestros votos.

—Lo sé, y os viviré, Don Melchor, eternamente reconocida: de edad de diez y seis años he tomado el velo impulsada por la tirana voluntad de mi hermano Don Pedro de Mejía, que tan gran empeño mostraba por verme profesa. Sin vocacion para esta santa vida, mi existencia aquí es el tormento mas agudo y mas continuado que verse pueda; ni pienso mas que en mi libertad, ni anhelo mas que en dejar estos respetables hábitos, que pesan para mí como si fueran de bronce. Siete años he pasado tras estos muros; siete años de lágrimas y casi de desesperacion: Dios me ha deparado á un hombre á quien me atreví á escribir porque sabia el favor que gozaba con el señor Arzobispo; este hombre habeis sido vos, señor Don Melchor, y mi corazon no me engañó y me habeis protejido, y me sacareis de aquí, porque si yo perdiera esa esperanza no sé adónde me podria conducir mi desesperacion.

—¿Tan exaltada estais así, Sor Blanca?—dijo Doña Isabel.

—Ah señora, vos no podeis ni aun comprender lo que se siente cuando se miran estos muros, que no se han de franquear nunca, cuando se considera que el sepulcro se ha cerrado ya sobre nosotras que hemos muerto estando vivas, que no tenemos de comun mas que el aire y la luz con ese mundo del que se nos aleja, del que se nos priva, pero que por eso mismo nos parece mas bello y mas encantador. Ah, señora, ¡la libertad! ¿sabeis vos, lo que es la libertad? no, no podeis comprenderla porque siempre la habeis gozado; no podeis vos alcanzar cuánta es la dulzura de esa palabra, porque vos, señora, cuando quereis ver el cielo, y los pájaros, y los árboles, y el rio, y la pradera, y las lagunas, las veis, y á los vuestros y al mundo en fin, y yo estoy lejos, lejos de todo eso, condenada á no ver sino estas sombrías paredes, sintiendo el rumor de las gentes que pasan del otro lado de nuestras tapias, oyendo algunas veces ecos de músicas lejanas que me parecen armonías escapadas del cielo, adivino las pasiones entre los que miro venir al templo, sorprendo en mis libros de devocion frases de amor, que yo no quiero dirijir solo á Dios. Ah, señora, yo procuro disipar estos pensamientos, ahogar en la religion estos mundanos impulsos de mi corazon, pero me es imposible, no puedo, no; ni mis lágrimas apiadan al cielo, ni encuentro en mi alma la resolucion necesaria para vivir así. El llanto ha hecho surcos en mis mejillas, y mirad, señora, á pesar de nuestras reglas os voy á mostrar las huellas que el dolor y la desesperacion imprimen en mi rostro, porque vos y vuestro esposo sois las únicas personas que se interesan por mí sobre la tierra.

Sor Blanca levantó convulsivamente su velo, y Don Melchor y su esposa quedaron asombrados de su belleza.