—¡Pobrecita!

—Sor Blanca—dijo Doña Isabel—confiad en nosotros que saldreis.

—¡Ah! solo de pensarlo creo que voy á volverme loca. ¡Salir, salir de aquí! aunque tenga yo que vivir de esclava, de limosnera, tullida en una cama, pero quiero ser libre.

—Y lo sereis—dijo Don Melchor levantándose—os dejamos, porque comprendo que hablaros mas seria exaltar mas vuestra alma: adios Sor Blanca, confiad en nosotros.

—Que Dios os bendiga, señores—dijo Sor Blanca, y se retiró al interior del convento halagando por la primera vez la esperanza de libertad por el influjo de Don Melchor, ó la firme resolucion de hacerse libre por cualquier medio.

El Corregidor y su esposa subieron en su coche y se dirijieron á su casa.

—Don Melchor—dijo Doña Isabel—¿habeis comprendido cómo no solamente me cumplís vuestra palabra sino que haceis una accion meritoria librando á esa jóven del cautiverio en que gime?

—Lo conozco—contestó Don Melchor—no me arrepiento de haberos complacido.

—Tanto mas—agregó Doña Isabel sonriendo—cuanto que el dia que esa jóven esté libre de sus votos, creo yo, y debeis creerlo vos, que puede reclamar la mitad de la fabulosa fortuna de su hermano; ella es hermosísima. ¿No es verdad?

—Sí, tal.