—Y entonces era fácil que el mundo creyera que habiais enviudado y podriais casaros con ella.

—Pero.

—No andemos con hipocresías, Don Melchor, vos sabeis bien que yo no os amo, y yo conozco que no habeis tenido por mí mas que un capricho que se ha prolongado merced á nuestro pacto y á nuestro aislamiento en vuestra residencia de Metepec.

—Luisa, os engañais.

—No, ni me engaño ni vos os engañais tampoco, echada de mi casa por mi marido el miserable de Don Pedro de Mejía, la noticia del escándalo, os avivó el deseo de conocerme, y me requerísteis de amores; yo, tanto por vengarme de Don Pedro como por huir de Don Cárlos de Arellano, consentí en seguiros á Metepec y pasar allí por vuestra esposa con el nombre de Doña Isabel de Santiestevan, con la condicion de que me ayudariais á vengarme, y mientras yo meditaba esa venganza y esperaba el momento de realizarla, he querido jugar á muger honrada y de bien, y lo habeis visto, ninguna esposa de hacendado ó de encomendero, ha podido por mas beata y rígida que haya sido, poner mancha en mi conducta: nadie iba con mas puntualidad á la iglesia á confesarse y á misa que yo, ni marido alguno ha sido mas mimado y acariciado que vos.

—Es cierto, y por lo mismo soy feliz, os amo cada dia mas, y no quisiera por nada deshacer estos vínculos.

—Don Melchor, yo os estoy agradecida y os quiero, aunque no os amo con ilusion, pero mi venganza comienza ya á realizarse. Doña Blanca va á quedar libre de sus votos y el anhelo de que esto se realice cuanto antes, me ha dado valor de venir á México á riesgo de ser conocida y de que llegue á noticia de Don Pedro que aun vivo, cuando por muerta me ha tenido, y si él llegara á averiguar que aun existo, no pararia hasta hacerme desaparecer de la tierra. Oidme, Don Melchor, y sed justo y racional: he sido vuestra tanto tiempo y tan sin limitacion, que por vos, á quien no amaba, he hecho lo que por nadie, ni por mi mismo marido Don Manuel de la Sosa, he sido económica, retirada y hasta beata, he consentido en vívir en un pueblo tan triste como Metepec, pero ya no puedo sufrir esto por mas tiempo, ya no puedo representar este papel que no es el mio; aun soy, si no jóven, hermosa y de buena edad, necesito gozar porque mis instintos y mi naturaleza me lo exigen, y los placeres son mi elemento como el aire que aliento: os he sacrificado seis años, dejadme gozar la hermosura y la juventud que me quedan, dejadme apurar ya el cáliz del mundo, cuando está para mí tan próxima la edad de los desengaños, del olvido, del desprecio.

—Pero ¿qué pretendeis hacer?

—Consumada mi venganza, libre y rica Doña Blanca, arruinado ó muerto Don Pedro de Mejía, entonces nos separaremos, Don Melchor, y yo me lanzaré para sumergir en los placeres los últimos resplandores de mi juventud, aun cuando despues me aguarde la miseria y la muerte en los malos jergones de un hospital.

—¡Jesus!—dijo espantado Don Melchor.