—Decia el señor Oidor Lic. Don Pedro de Vergara y Gaviria—dijo el Arzobispo al Corregidor—que nada es posible adelantar con la vuelta de los galeones de Castilla, por cuanto Su Magestad está completamente decidido por el marqués de Gelves.

—Por eso proponia—dijo el licenciado Vergara—mi compañero el señor doctor Galdos de Valencia, que era ya preciso consentir en que el pueblo obrase libremente, para obligar á la Córte de España á enviar un Visitador y mudar la residencia del marqués de Gelves.

—No me parece mala esa idea, tanto mas, que sobran personas que quieran tomar parte en cualquier tumulto contra el virey—dijo Don Melchor.

—Creo—agregó el doctor Galdos—que contamos con tales elementos, que nunca ocasion alguna puede haberse presentado mas propicia: en primer lugar, el apoyo de su señoría Ilustrísima, que es ya mas que bastante por su sagrado carácter y por el cariño que todos los fieles le profesan.

El Arzobispo hizo una caravana.

—Despues—continuó el Doctor—todas las clases de la colonia están heridas por el marqués de Gelves en lo mas sensible, y todas con ánimo y voluntad firme de vengarse: el comercio con esa prohibicion de los tratos y regateos que ha inventado, le aborrece de muerte, porque mas de cien familias ricas están quedando por eso en la miseria.

—Si—dijo el licenciado Vergara—mas el pueblo entiende que en esto le resulta un favor.

—En poco os parais—contestó el doctor Galdos—¿teneis mas que hacerle entender al pueblo, que estos regateos los prohibe y persigue para dejar como único abastecedor y obligado á su amigo Don Pedro de Mejía?

—¡Qué brillante idea!—dijo Don Melchor, pensando que esto iba á facilitar los proyectos de Luisa—es una idea soberbia, porque aun me duelen las doce mil cargas de maíz que me hizo llevar á la Alhóndiga, y la causa que con tanto empeño me sigue.........

—Tambien hablaremos de vuestra causa—dijo el Arzobispo—que buen pretesto nos dará, según va ella para mas de cuatro cosas.