—Continuaré si me lo permitís—dijo el doctor Galdos—pues además de los resgatadores, contamos con todos los portugueses y estrangeros, que son muchos, á quienes el virey ha apartado de los asientos de minas, y que estarán dispuestos para todo contra él.

—Pero estos—objetó el Arzobispo—como estrangeros, será mal mirada por el rey nuestro señor su intervencion en los negocios de las colonias.

—No tema por eso su Ilustrísima—contestó el licenciado Vergara, que habia comprendido la idea del Doctor—porque esos no serán los que por delante se presenten, sino que en caso de confusion ó tumulto, servirán de auxiliares sin mostrarse ni ser conocidos, ni invitados tampoco.

—Así es en verdad—continuó el Doctor, y no necesitaremos de ellos mas que, como dice el señor Oidor, de auxiliares: contamos, además, con los negros y gente de color, que siendo libres les ha obligado á que se registren y paguen tributo, y no vivan de por sí sino en el servicio.

—En efecto—dijo Don Melchor—por mi fé que sois señor Doctor, hombre de muy grande ingenio.

El Doctor hizo á su vez una reverencia, y continuó:

—Cuéntase tambien en esta empresa, con gran cantidad de indios naturales del país ofendidos por el esceso del donativo que el virey les exije, para enviar á España y congraciarse con su Magestad; y aunque es cierto que ellos con gran contento lo darian por las artes que para ello emplea el marqués de Gelves, pero si su Ilustrísima desaprobase todo lo practicado en una de sus pláticas ú homilías, todos esos naturales serian aliados nuestros.

—Y lo haré—dijo el Arzobispo que habia estado oyendo al doctor Galdos, sin perder una sílaba—lo haré, y de manera que los indios comprendan que de nuestro lado, y no de el del virey, están sus intereses.

—Muy fácil es para el prestigio y el talento de su Ilustrísima—dijo el licenciado Vergara.

El Arzobispo inclinó la cabeza como dando las gracias.