—La gente toda de la curia, tanto civil como eclesiástica—continuó el doctor Galdos—se moverá y debe ser la que todo lo inicie, porque además de las ofensas que tiene recibidas, obedece, y con justa razon, las inspiraciones de la lumbrera de nuestro foro, del señor Oidor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria.
En esta vez al licenciado le tocó hacer una reverencia.
—Y finalmente—dijo Galdos—no sé si lo que voy á decir merecerá la aprobacion de su Ilustrísima y de los demas señores; pero si no la merece, fácil nos será suprimir esta parte.
—Hablad, señor Doctor—le dijo el Arzobispo.
—Pues, señor, como gente aparejada para la pelea, en el caso de que hasta allá llegásemos, que Dios no lo permita, podremos echar mano de tantos hombres perseguidos por las partidas del virey con pretesto de que son ladrones y bandoleros; es cierto que entre ellos no todos son gente muy de bien, pero no pueden encontrarse tan fácilmente hombres perfectos: de muchos de estos perseguidos, tengo noticia de que para huir del virey se han repartido en los montes y héchose hermitaños, con lo que viven con su cruz y su rosario en una cueva. ¿Conque si no os parecieren mal?.........
—Que han de parecer—dijo Don Melchor.—Siempre cosa sabida es, que los soldados y demas gente de guerra son viciosos, y poco dados á los devotos ejercicios, que los que por la virtud dan, retíranse á los monasterios, ó buscan el servir á Dios en los altares.
—Y mas agregaré—dijo el Arzobispo—que esto siendo para el servicio de Dios y de su Religion, y para la guarda de estos reinos de Su Magestad que de otra manera serian perdidos, no es obstáculo que así en las santas cruzadas fueron torios los que habian recibido las aguas del bautismo á la reconquista de los Santos Lugares de Jerusalém, sin que se esceptuaran los pecadores, y quizá camino será éste de salvacion para muchas almas perdidas ó dormidas en la culpa.
—¿Y cuántos hombres calculais en todo eso que nos habeis enumerado?—dijo Don Pedro de Vergara al Doctor Galdos.
—Por no parecer exajerado no os diré mas, sino que fácilmente podria segun mis averiguaciones, tenerse un cuerpo como de quince á veinte mil hombres.
—¡Tanto así!—dijo espantado el Arzobispo.