—Y mas, si la necesidad apurase.
—Eso está muy bueno—dijo el licenciado Vergara—pero vamos ahora á meditar cómo se han esos elementos de aprovechar.
—En primer lugar, es necesario que el virey sea el que dé lugar al escándalo y al tumulto, y nunca que nosotros ni el pueblo de por sí lo provoquemos—dijo el Arzobispo.
—Así debe ser en efecto—agregó el licenciado Vergara—pero sin embargo, antes que el motivo ó el pretesto lleguen, es preciso tenerlo todo preparado, porque no vaya á suceder que se pierda sin poder utilizarse un momento oportuno.
—Muy bien pensado—dijo el Arzobispo—y como si Dios protejiese nuestros intentos, ha venido hoy á visitarme y está ahí fuera en mi biblioteca esperándome un mozo Bachiller que fué mi familiar, y que abandonó la carrera de las letras y la de la Iglesia, que se llama Martin de Villavicencio Salazar, el cual mozo me es muy adicto y tiene grande influjo y relaciones con toda la jente perdida y de accion de la ciudad, y por ese medio mucho podremos conseguir.
—¿Pero será de valor, de confianza y de actividad?
—A faltarle alguna de esas condiciones ni le propusiera ni yo le admitiera tampoco; bástame deciros que fué mi brazo derecho en el célebre negocio que tuve con Don Alonso de Rivera en la posesion de las casas que son ahora convento de Santa Teresa.
—Cuyo negocio costó la vida del buen Don Fernando de Quesada que santa gloria haya—dijo el Doctor.
—Como que á mí—agregó el Arzobispo—nadie me quita de la cabeza que esa muerte grava las conciencias de los dos grandes amigos del marqués de Gelves, Don Pedro de Mejía y Don Alonso de Rivera.
—Seguro estoy yo de ello y jurarlo pudiera—esclamó Don Melchor—que por ignorados caminos he venido en descubrir la verdad: ya otro dia hablaré de esto.