—Como que de castigar tenemos ese delito—dijo el licenciado Vergara.

—¿Os parece que haga entrar á Martin?—preguntó el prelado.

Los otros tres se vieron entre sí, como consultándose mútuamente, y el Arzobispo agregó:

—Yo os respondo de él.

—Entonces que entre y le hablaremos—dijo el licenciado Vergara.

Su Ilustrísima sonó una campanilla de oro que tenia sobre la mesa, y un familiar entró.

—Que pase á esta sala el caballero que me espera en la biblioteca—dijo el prelado.

El familiar salió otra vez.

—Podeis, señores—continuó diciendo el Arzobispo—fiaros enteramente de este hombre aunque le veais tan mozo, que yo os respondo de él como de mí mismo, en discrecion, en valor y en actividad.

En este momento se presentó en la puerta Martin de Villavicencio.