Martin no era ya un jóven como le hemos visto al principio de nuestra historia; su barba tupida y negra y las profundas arrugas de su entrecejo, al mismo tiempo que su aire resuelto, le daban ya el carácter de un hombre formal.

Vestia un traje de terciopelo negro con acuchillados de raso y con sombrero y medias calzas del mismo color, podia quien le viese haberle tomado por un marqués ó por un correjidor. Saludó con desembarazo, y á una indicacion del Arzobispo se sentó en un sitial cerca de Don Melchor Perez de Varais.

—Martin—le dijo el prelado—te he mandado introducir en esta sala, porque sé que puedo contar con tu adhesion y tu valor lo mismo que en otros tiempos cuando eras el consentido de nuestro difunto amigo, que en paz descanse, Don Fernando de Quesada.

Martin palideció lijeramente y contestó:

—Su Señoría sabe que una vez le he prometido que podia contar conmigo á vida ó á muerte, y estoy dispuesto siempre á cumplir mi palabra.

—Bien, sé que eres un buen amigo y un escelente caballero para cumplir tus promesas; se trata ahora de que nos ayudes en un negocio que nos preocupa en estos momentos. ¿Querrás ayudarnos?

—Sí señor.

—¿Cualesquiera que sea el riesgo á que te espongas?

—Sí señor.

—Señores, lo oís, éste es el jóven tal cual yo os le pinté, ningun riesgo le detiene ni ningun peligro le aterra. Martin, tú ves la situacion en que está el reino, que no puede ser peor, vivimos sobre un volcan que debe estallar de un dia á otro, ó que nosotros debemos hacer reventar para bien de las almas, porque de otra manera no se pondrá remedio en esto por Su Magestad, cuya augusta mirada no alcanza hasta estas tierras.