El Arzobispo quedóse mirando á Martin que le escuchaba atento con los ojos bajos y sin pestañar, y continuó:
—Es preciso prevenir los ánimos y disponerlos para todo acontecimiento, y que puedan valernos en un lance desgraciado los amigos todos del rey y de la religion. ¿Que te parece?
—Es decir—preguntó con cierta brusquedad Martin—¿que quiere su Ilustrísima que yo y mis amigos nos encarguemos de preparar un tumulto, un motin contra el virey?
—Eso es—dijo el Arzobispo, cuyo carácter impetuoso le hacia huir de ambajes y rodeos—eso es, que tú te encargues de prepararlo todo, para que cuando llegue el momento una sola chispa baste á encender la hoguera.
—¿Y cuál será el pretesto?—preguntó Garatuza.
—El pretesto nosotros le buscaremos y te daremos aviso oportuno si hay tiempo, y si no, tú lo comprenderás y arrojarás el fuego.
—En nada de eso veo dificultad—dijo Garatuza.
—Por ahora—dijo el Doctor Galdos—es preciso que os pongais de acuerdo con vuestros amigos, para propalar entre el vulgo el rumor de que el Sr. Arzobispo trata de excomulgar al virey, porque este proteje á su favorito Don Pedro de Mejía, para que este abarque y compre todo el maiz de la plaza, impidiendo que haya otros resgatadores, con el objeto de subir luego los precios, teniendo con esto, ambos á dos, una riquísima ganancia á costa de la miseria de los pobres, y luego fomentar la murmuracion y el descontento, preparando la alarma y predisponiendo los ánimos al combate.
—Todo haré, como disponen sus señorías—dijo Martin—y todo tendrá un buen verificativo; pero permítanme sus señorías una simple pregunta: ¿qué voy ganando yo y qué puedo ofrecer á mis amigos?
—En cuanto á vos—contestó sin vacilar el Doctor Galdos—tendréis ó una cantidad gruesa en dinero, ó un empleo en las oficinas reales.