—¿Qué os parece?—dijo Don Cárlos acabando de leer.
—Muy bien; pero no es ese el pacto sacado de la gran clavícula del sabio rey Salomon.
—No, que aquí le tengo aparte.
—Leedmele.
—Arellano tomó otro pergamino y comenzó á leer.
—«Emperador Lucifer, amo de todos los espíritus rebeldes, yo te ruego que me seas favorable en el llamamiento que hago á tu gran ministro Lucifuge Rosocale, con quien deseo hacer pacto, y te ruego príncipe Belzebú que me protejas en mi empresa, ¡oh conde Astarot! séme propicio, y haz que en esta noche el gran Lucifuge se me aparezca en forma humana sin ningun mal olor, y me conceda por medio del pacto que le ofrezco todas las riquezas que necesito.»
«Gran Lucifuge, abandona te ruego tu morada en cualquier parte adonde esté, si no yo te obligaré por la fuerza del Dios vivo, de su querido Hijo y del Espíritu Santo; obedece pronto, ó serás atormentado por la fuerza de las poderosas palabras de la gran clavícula de Salomon de la cual se servia él para obligar á los espíritus rebeldes á recibir sus órdenes.»
«Aparece inmediatamente, ó yo voy á atormentarte con la fuerza poderosa de estas palabras de la clavícula: Agion tetagran vaycheon stimulamaton y espures retra grammatan oryaram iriau esytian, existian eryana anera brassim mayna mesria sater Emanuel Sabaot, Adouay, te adora et invoca.»
—Perfectamente dijo Chema, y volvió á entrar en su estado de somnolencia.
Don Cárlos se puso á estudiar sus invocaciones.