—Decidido estoy á todo antes que á dejarme prender.

En este momento se presentó el licenciado Vergara, pálido y fatigado.

—Don Melchor—dijo entrando sin saludar á nadie—acaba de proveerse auto en vuestra causa para que seais arraigado y asegurado.

—¿Cómo?—esclamó Don Melchor demudado.

—Tan cierto es que dentro de un momento estarán aquí para notificaros.

—¿Qué haremos?—dijo Don Melchor.

—Ante todo—contestó él licenciado—importa que no os prendan, porque todo seria perdido.

—Huiré.

—Ya no es tiempo—esclamó el licenciado Vergara—mirad á la justicia que viene.

—Don Melchor—dijo Luisa—oidme; armaos, que se arme tambien la servidumbre, entrad en una carroza é idos á refugiar al convento de Santo Domingo que es el mas cercano.