—Bien pensado, bien pensado—dijo vivamente Vergara, pero que sea pronto, he visto allá abajo de la puerta una carroza.

—Voy por mis armas—dijo Don Melchor, y salió por un lado mientras por el otro desapareció Luisa.

Pocos momentos despues Don Melchor con la espada desnuda en una mano y un broquel en la otra y seguido de varios lacayos armados, se precipitó por la escalera que estaba, así como el patio y la calle, invadida por jente de justicia.

Lo menos que esperaban el escribano y los alguaciles era este ataque rudo, de manera que la confusion fué espantosa.

—¡Favor al rey! ¡Favor á la justicia!—gritaba el escribano tratando de animar á su jente.

—¡Favor al rey! ¡Ténganse á la justicia!—gritaban los alguaciles, procurando resistir y detener á Don Melchor.

—¡Atrás la canalla!—decia furioso Don Melchor—¡muera el hereje!

Así llamaban ya al virey por su choque con el Arzobispo.

Los alguaciles retrocedian y Don Melchor llegó así hasta la portezuela de la carroza. El cochero prevenido de antemano, estaba ya listo para marchar; un lacayo abrió el coche y Perez entró á él con tres criados mientras los demás acuchillaban á los alguaciles.

La carroza partió á todo el trote de los caballos, atropellando á cuantos encontró, porque una gran multitud habia llenado la calle atraida por el escándalo.