Don Melchor sin soltar la espada saltó á tierra y se entró apellidando «asilo» al convento de Santo Domingo.

La justicia habia seguido tras de la carroza, pero solo consiguió ver la entrada de Perez al convento.

Inmediatamente se ocurrió á dar parte al virey, sin procurar mas que llevarse á los alguaciles que habian quedado mal parados en el combate.

Dos personas habian presenciado todo desde los corredores de la casa: el Oidor Vergara y Luisa.

—Señora—dijo el Oidor—no os espanteis, que quizá esto será principio de grandes hechos y remedio del reino.

—Señor Oidor—contestó Luisa con una sonrisa burlona—creo que mas susto tiene su señoría que yo: lo que importa es aprovechar esto para llevar adelante vuestros planes.

—Es verdad, pero ahora es necesaria mucha precaucion para hablar al Corregidor, y estando en Santo Domingo creo que para vos será casi imposible: ¿quereis que le envie algun recado de parte vuestra?

—Os lo agradezco, pero mas desearia ver que tomabais con empeño la causa general del reino, que la de mi marido.

—Voy á dar parte de todo á su señoría Ilustrísima, y veremos lo que se dispone. Estoy á vuestros piés, señora.

—Que Dios lleve al señor Oidor.