Sor Blanca cerró por dentro la puerta de su celda, abrió una alacena que estaba embutida en una de las paredes y corrió la última tabla.
Una especie de caja oculta apareció, y Sor Blanca comenzó á sacar de allí algunos objetos.
Todo aquello, el secreto, la caja, la tabla con que se cerraba, lo que allí se contenia, todo era obra de la misma Sor Blanca, fruto de su perseverancia y de su firme resolucion de escapar del convento.
Sor Blanca tomó de entre los objetos que habia sacado del secreto, un espejo. Lo puso encima de su reclinatorio y colocó en frente de él dos bujías de cera.
Se arrodilló enfrente del espejo y comenzó á quitarse la toca. Una maravillosa trasformacion pareció entonces verificarse. De debajo de la toca de la religiosa una negra y rizada cabellera desprendió sus brillantes anillos de ébano, y vino á formar como una cascada que corria por los blancos y torneados hombros de Blanca, por sus espaldas y por su cuello. Aquella no era ya una monja, era una deidad. Mucho tiempo hacia que con un cuidado y una paciencia admirables, Sor Blanca dejaba crecer y cuidaba su hermosa cabellera: era como la esperanza cierta que alimentaba del dia de su libertad.
Sor Blanca se despojó despues de los sayales y se vistió un soberbio traje de brocado blanco; cubrió sus manos y su cuello de soberbias alhajas; oprimió sus delicados piés en unos borceguies de tafilete rojo bordado de oro, y sus cabellos en una redecilla de seda y oro, y luego como una niña comenzó á pasearse gravemente por su celda, procurando mirarse en su pequeño espejo.
Si las otras monjas hubieran logrado verla al través de una cerradura, sin duda que hubieran dicho que un arcángel visitaba por las noches la celda de Sor Blanca.
—Verdaderamente soy hermosa—decia la pobre mirándose en su espejo—¡ay! ¡qué papel tan brillante podria yo hacer en el mundo! ¡Ha de ser tan bello tener un hombre que nos ame, que siempre se esté mirando en nuestros ojos! ¡qué grato será oir en su boca palabras dulces, amorosas, así como dice en el cantar de los cantares, «amada mia!» Jamas he tenido quien me diga «amada mia.» Si este santo deseo es pecado, ¿por qué Dios permite que no se aparte de mí? Además, yo soy libre, el Papa lo manda, y el Papa representa á Jesucristo sobre la tierra. Qué gusto dará oir las once por ejemplo, á esa hora viene el que nos ama, Dios mio, y lo que deberá sentirse al verle llegar: en las noches las músicas, las serenatas, nuestro galan rondando embozado frente á nuestras ventanas, esperando una flor, un suspiro, una palabra. Con qué placer se le dirá, «yo os amo!» ¡Ah! yo quiero amar á alguno que me ame, aunque sea un esclavo, aunque sea un mendigo, pero no puedo vivir sin amor; aquí mi corazon me quema, me abraza, se me figura que me apasiono de cualquiera que veo dos ó tres veces en el templo, y quisiera hablarle y que me hablara, y cuando deja de venir estoy triste, y luego amo á otro y me sucede lo mismo; y esos hermosos ángeles que están en los cuadros del claustro me parece que me miran algunas veces con aficion, que se animan, y paso delante de ellos muchas veces para verles porque de repente me parece que viven. Uno de los cuadros que representa á Gabriel, lo bajaron de la pared y lo pusieron en el suelo, y en mi delirio creí que era providencial, milagroso, que él mismo se habia bajado para estar mas cerca de mí, y entonces pasé á su lado, nadie me observaba, me acerqué al cuadro y puse mi boca en los lábios del Arcángel y le besé: yo no comprendo lo que sentí, me pareció que tambien él me habia besado y me puse encendida, y tuve miedo de pasar por allí otra vez, entre tanto me figuré que un jóven que venia á la iglesia veia al coro y me veia á mí, creo que le amé y olvidé á mi Arcángel, pero el jóven no volvió mas. Dios mio, yo necesito salir de aquí porque siento necesidad de amar y de ser amada, es fuerza, y saldré.
Sor Blanca comenzó á quitarse el traje y sus galas, y á guardar todo en el cofrecito en que las tenia ocultas, cuando se oyeron en la puerta cuatro golpecitos seguidos, pero aplicados con suma precaucion. Sor Blanca ocultó apresuradamente todos los objetos, se cubrió con sus tocas y abrió.
—Buenas noches, madrecita—dijo entrando una muger como de treinta años, que por su traje parecia una criada.