—Toma, llévame esta cajita, déjame vestir.

Sor Blanca entregó á Felisa la caja de sus alhajas, y en un instante se vistió una saya y una toca negra de viuda, se cubrió con un velo, y ocultó en el secreto de la alacena lo que no pudo llevar.

—Vamos—dijo Sor Blanca.

Felisa caminaba por delante, llevando una linterna y la cajita de las alhajas de la monja, que la seguia temblando.

A cada momento se detenian espantadas y ocultaban la luz. El ruido del viento que movia un cuadro ó una puerta, que arrastraba una hoja ó un papel, les parecia el eco de unos pasos que las seguian; aplicaban el oido á las cerraduras de las celdas, y nada, todo estaba tranquilo.

Atravesaban con precaucion los claustros, abrian y volvian á cerrar con cuidado las puertas, y así llegaron hasta la Iglesia.

Santa Teresa no era aun ese templo suntuoso que hoy vemos, era una capilla grande, pero bastante humilde.

Las dos mugeres avanzaron en la nave, y de repente un bulto se encaminó hácia ellas.

Sor Blanca estuvo á punto de gritar, pero Felisa le tapó la boca.

—Es él, no tengais miedo.