—Felisa, Felisa—dijo el hombre que se acercaba.

—Yo soy—contestó la criada.

—¿Vienen las dos?

—Sí.

—Pues vámonos, dejen el farol.

El sacristan tomó de la mano á Felisa, y esta á Sor Blanca, y así, casi entre las tinieblas avanzaron hasta la puerta del templo, el sacristán abrió, y Sor Blanca se encontró en la calle, y sintió el aire de la libertad en su rostro, alzóse el velo para respirar mejor, y lanzó un suspiro que ella misma no sabia si era de pena ó de contento.

Mil pensamientos confusos luchaban en su cerebro, ¿seria este paso el principio de su felicidad ó de su desgracia? ¿habia hecho bien ó mal? Habia momentos en que se arrepentia y momentos en que se sentia mas animada.

Caminaron los tres unidos hasta llegar á la esquina de la calle del Hospicio de San Nicolás, llamada de las Atarazanas.

—Aquí cada uno por su lado—dijo el amante de Felisa.

—Adios—decia la muchacha á Sor Blanca, cuando el sacristan esclamó: