—¡Una ronda, huyamos!

Y echó á huir seguido de su novia, que sin pensarlo siquiera, se llevaba las alhajas de la monja.

Sor Blanca se quedó parada un momento, y luego le faltaron las fuerzas, y se sentó en una puerta.

La ronda oyó el ruido que hacian en la fuga Felisa y su amante, y echó á correr tras ellos, gritándoles: «ténganse á la justicia,» y pasando cerca de Sor Blanca sin mirarla siquiera.

Sor Blanca permaneció allí mucho tiempo, y luego se levantó y tiritando de frio y temblando de miedo, comenzó á caminar procurando alejarse del centro de la ciudad.

La mañana comenzó á aclarar y la primera persona que vió Blanca, fué un muchachito pobre que caminaba descalzo, y envuelto en una pequeña manta.

—Oye, niño—le dijo Blanca—¿á dónde vas?

—A comprar el desayuno para mi padre.

—Díme: ¿qué no conoces ninguna casa por aquí, de señoras solas y que me pudieran recibir?

—Sí—dijo el niño con una viveza encantadora—¿quieres que te lleve en casa de Doña Cleofitas?