—Mas pobre soy yo, que no tengo ni donde guarecerme del sol, ni de la noche.
—Pero.........
—Por Dios, no me arrojeis así, os lo pido por vuestra salvacion.
—Vaya, entrad, que Dios os envía aquí, y Él sabe lo que hace.
VII.
En que se ve lo que trataba el marqués de Gelves con sus amigos, y otras cosas que verá el lector.
EN una de las estancias del palacio vireinal, ricamente amueblada, el audaz marqués de Gelves hacia su despacho con su secretario, y le hacian compañía Don Alonso de Rivera y Don Pedro de Mejía.
En un gran sitial, y debajo de un gran dosel de damasco encarnado, en cuyo centro recamados de oro y plata se ostentaban los blasones de la monarquía española, y enfrente de una mesa cubierta de espedientes, libros y pergaminos, el virey dictaba sus autos y sus acuerdos.
Del otro lado de la mesa su secretario escribia, y al lado de él estaban Don Pedro y Don Alonso.
El marqués de Gelves hablaba el lenguaje violento y apasionado, propio de los hombres de su carácter, y mas en aquellos momentos en que la audacia de los oidores, amigos del Arzobispo, le habia hecho exaltarse.
—Necesario será probarles—decia el marqués de Gelves, que en toda la Nueva España no deben imperar sino la voluntad de nuestro augusto soberano y las leyes; si quieren romperlas, sea en buena hora, que eso no me arredrará, ¡vive Dios! que á correjir las costumbres y á cortar los abusos me ha enviado Su Magestad, y no será ese puñado de villanos, por mas que porten la mitra ó la golilla la que me haga faltar á mis deberes: ¿no es verdad, Don Pedro?