—Van á ser las siete—dijo el Secretario.
—Bien, dejad por ahora el despacho, que quisiera salir esta noche, y venid temprano mañana.
El Secretario hizo una reverencia y salió.
Don Pedro y Don Alonso se despidieron tambien y se retiraron.
Al salir Don Pedro, en uno de los aposentos del mismo palacio, recibió un pliego que comenzó á leer, y lanzó un grito de furor.
—¿Qué es eso?—preguntó Don Alonso.
—Mirad, esto es inaudito, Doña Blanca se ha fugado del convento.
—¡Fugado! ¡pero cómo!
—¿Qué voy á saber? Nada me dicen porque tambien lo ignoran en el convento, pero yo lo averiguaré; pondré cuanto pueda de mi parte, moveré medio mundo, á la justicia, á la Inquisicion.
—Don Pedro, no digais eso, con eso no se juega: ¿sabeis lo que seria de Doña Blanca si la Inquisicion llegara á tomar cartas en el asunto?