—Y qué me importa lo que suceda: esa muger me ha burlado, me ha deshonrado; mi nombre va á ser el objeto de todas las conversaciones. Apenas se ha logrado despues de tantos años desvanecer el escándalo que provocó aquella Luisa, y ahora esto viene á despertar todos esos recuerdos. ¡Maldita sea mi suerte!
—Reportaos, Don Pedro, reportaos, y cuidemos de buscar á Doña Blanca que no debe de estar muy lejos.
—¡Oh! si yo llegara á encontrarla la mataria.........
—Y hariais muy mal; dejad ese furor y vamos á vuestra casa á meditar lo que en este caso debe de hacerse: ved que hay quien nos observe y nuestros enemigos se reirian de nosotros.
—Teneis razon, vamos, pero no me abandoneis porque necesito de un amigo; esta noticia me ha afectado mas de lo que os podeis figurar.
—Vamos.
Y los dos se encaminaron á la casa de Don Pedro.........
Habia cerrado la noche y estaba oscura y pavorosa.
Pocas jentes andaban por las calles, nada habia que pudiera aun hacer desconfiar de que la tranquilidad pública se altérase, pero los pueblos y las ciudades se alarman como por instinto, como por una especie de espíritu profético, y pocas veces dejan de tener razon.
México estaba en esas noches triste y sus calles casi desiertas.