Por una de las puertas de palacio salió un hombre embozado en una capa oscura, con el sombrero calado hasta el entrecejo y enteramente solo.

Caminaba resuelto por las calles con el aire de un hombre que á nada teme, pero con la precaucion del que quiere observarlo todo.

Al mirarle venir los muy pocos transeuntes que de casualidad encontraba, se hacian á un lado para dejarle pasar, respetando aquel continente marcial y la larga espada que se descubria bajo su capa cuando atravesaba frente á la luz que salia de una tienda, ó de la lámpara de alguna imágen de esas que tan comunes eran en las calles.

Algunos alcanzaban á verle brillar algo en el rostro, eran unos anteojos, y entonces decian entre sí:

—¡El virey!

El marqués de Gelves como todos los gobernantes de genio y de corazon, gustaba de salir solo por las noches á rondar la ciudad y estudiar por sí mismo las necesidades del pueblo, sin encastillarse dentro de los muros de su palacio.

El marqués aborrecia á los fuertes que humillaban á los débiles, á los ricos que oprimian á los pobres y á los sábios que esplotaban (aunque entonces no se usaba la palabra) á los ignorantes.

VIII.
En donde se verá lo que pasó á Sor Blanca, y lo que aconteció al marqués de Gelves en su ronda nocturna.

SOR Blanca entró en la casita de la vieja, y en aquellos momentos no sabia que hacer ni que decir; estaba en una situacion verdaderamente embarazosa. El dia iba aclarando y la vieja comenzaba á disponer su pobre desayuno.

Era el primer tormento de Blanca: todo lo que ella tenia de valor sobre la tierra, que eran las joyas que habia sacado de su casa y ocultado en el convento, se las habia llevado la criada Felisa, al ponerse en fuga con su amante. Sor Blanca no tenia nada absolutamente que ofrecer á la pobre anciana que la habia dado hospitalidad.