Sor Blanca se sentó en un banquillo, y no teniendo que hacer se puso á rezar y á llorar.
La vieja la dejaba sin decirle ni una palabra, y continuaba preparando su desayuno. Cuando todo estuvo dispuesto se acercó á Blanca, y le dijo con dulzura.
—Venid á desayunaros, hija mia.
Sor Blanca alzó los ojos y lloró de gratitud: aquella muger miserable y llena de harapos la habia llamado su hija, esto era para ella el colmo de la felicidad.
La rica heredera de la casa de Mejía, la hermana del orgulloso Don Pedro, esa jóven que era en el mundo la esposa mas codiciada, y en el claustro la monja mas aristocrática y mas respetable, sentia un placer desconocido cuando una infeliz limosnera la llamaba «hija mia.»
—Venid—volvió á decirle la anciana—estoy segura de que anoche nada habreis comido, ¿quereis que os traiga vuestro desayuno aquí? Voy porque estareis tal vez muy fatigada—y la pobre acompañando la accion á las palabras, llevó en unos humildes trastos un limpio desayuno.
Blanca sollozaba de ternura.
—¡Ay hija mia! ahora estoy muy pobre, pero no siempre he sido lo mismo, en otros tiempos nada faltaba en mi casita, como que hoy me mantengo, y no os espanteis, de pedir limosna por las calles, y antes tenia yo muy buenos protectores, como mi señora Doña Beatriz de Rivera (que en paz descanse) mi señora Doña Blanca de Mejía.
—¡Doña Blanca de Mejía! ¿pues quién sois vos?
—A mí me han conocido siempre por la beata Cleofas.