—¡Cleofas!—gritó Sor Blanca, dejando caer el pozuelo en que se desayunaba.

—¿Qué es esto niña? ¿qué os dá? ¿os desmayais? Dios mio, Dios mio, ¿qué haré?

—No Cleofas, no os espanteis, nada me sucede, pero miradme bien, miradme, yo soy la desgraciada, yo soy Doña Blanca de Mejía.

—¡Doña Blanca! ¡Sor Blanca!—dijo Cleofas espantándose á su vez,—¿vos? ¿pero como? ¿No habiais profesado? ¿no erais ya monja?

—Sí, pero he huido de esa vida que no me era posible soportar......

—¿Entonces habeis quebrantado la clausura? ¡estais escomulgada! ¡lo estoy yo tambien por daros asilo! ¡por ocultaros! ¡Dios de los cristianos! Miserere mei.

—Calmaos, calmaos.

—¡Calmarme, y estoy escomulgada por vuestra causa! no, yo necesito dar parte de esto al Comisario del Santo Oficio, para descargo de mi conciencia!

—¿Pero vos quereis perderme, cuando he sido siempre tan buena para vos?—dijo con angustia Sor Blanca.

—Como vos quereis perder mi alma, nó; primero mi salvacion, primero mi salvacion, primero mi salvacion.