Y Cleofas repetia esto casi maquinalmente, y tomaba su manton.
—Por Dios—decia Sor Blanca, procurando impedirle que saliera.
—Primero mi salvacion, primero mi salvacion,—repetia la vieja, y salió apresuradamente á la calle.
Sor Blanca la miró alejarse: era para ella un momento de angustia: quedarse allí seria entregarse en las manos del Santo Oficio; era necesario huir, ¿pero adónde? A nadie conocia y tal vez en cualquiera otra parte la denunciarian. Blanca, sin embargo, no vaciló, tomó otra vez su velo, se cubrió con él, tomó de encima de la mesa algunos panes, porque no sabia si llegaria á encontrar algo que comer en el dia, y salió resueltamente de la casa comenzando á caminar lo mas aprisa que le era posible; y hacia bien, porque una hora despues llegaron los familiares del Santo Oficio conducidos por la beata y registraron todo el barrio.
Era cerca del medio dia y Blanca no habia dejado de andar, sin saber por dónde, pero ella seguia adelante, estaba cansada y tenia hambre, se comió dos de los panecillos y bebió agua en una fuente, pero no tenia dónde descansar, porque con el traje que llevaba se hubiera hecho sumamente notable sentándose en una puerta.
Entonces se acordó de la Alameda.
No sabia por qué rumbo estaria, pero buscó con la vista, y á su izquierda divisó un grupo de árboles, comenzó á caminar en aquella direccion y á poco reconoció que no se habia engañado.
La Alameda estaba desierta. Sor Blanca se sentó á la sombra de un árbol y se alzó el velo para respirar con mas libertad. Los recuerdos de su convento se unieron con las penas que la esperaban, y la jóven comparó, y sin vacilar miró el porvenir dulce, comparándolo con los sufrimientos que habia tenido en el claustro.
Oyó por una de las calles de árboles que estaban cerca de ella, los pasos de un hombre, se cubrió precipitadamente y esperó. Era un negro de los muchos que habia en México, que se acercaba, y que segun la direccion que traia debia pasar á su lado.
Al mirarle de cerca, Sor Blanca se estremeció y sin poderse contener esclamó: