Sor Blanca tenia sueño y debilidad; en toda la noche no habia dormido, y apenas habia comido los panecillos que sacó de la casa de Cleofas.........

El marqués de Gelves comprendia, presentia que se tramaba contra él una terrible conspiracion, y conocia quienes eran los directores, pero ignoraba en lo absoluto sus elementos, sus recursos y quienes eran sus agentes.

En las noches salia por las calles á rondar la ciudad, y á seguir aquella pista, que desgraciadamente perdia á los primeros pasos.

La noche en que lo hemos visto desprenderse de Don Pedro y de Don Alonso en el palacio, y salirse á la calle, era sin duda alguna, la noche de uno de los dias mas agitados de su gobierno: por todas partes habia recibido denuncias y anónimos, y la parte de la audiencia que no estaba de acuerdo con los revoltosos, habia estado á darle aviso de que se observaba en la ciudad algo que indicaba una próxima tempestad.

El de Gelves anduvo en las calles: al principio de la noche no encontró nada que llamase su atencion; iba ya á retirarse, cuando alcanzó á ver por la calle de San Hipólito unos hombres que salian furtivamente de una casa, y que se iban como recatando. El virey creyó que habia encontrado un rastro, se ocultó á cierta distancia y advirtió que á poco, otros hombres salian de la misma casa, pasaron cerca de él y pudo notar que eran negros libertos.

Observó el marqués luz en una de las ventanas de aquella casa y pensó acercarse para ver si algo lograba descubrir desde allí que aclarase sus sospechas.

El pequeño postiguillo de una de las ventanas estaba abierto, y aunque era alto, el marqués subió por la reja y miró para adentro.

Dos mugeres hablaban sentadas en dos sitiales frente una de otra. Una de ellas tenia la espalda vuelta á la ventana pero por la forma de la cabeza, y por la figura del peinado se conocia que era una negra, la otra cuyo rostro podia ver perfectamente el virey, porque lo bañaba completamente la luz de las bujias, era una de hermosura maravillosa.

El virey no era un jóven, y sin embargo se sintió arrebatado, enamorado por aquella belleza, y no pudo apartarse de su observatorio, ni desprender sus ojos de aquella muger cuyos movimientos todos eran tan encantadores.

Un negro, alto y robusto, vestido con elegancia y sencillez entró en el aposento y la muger que tenia vueltas las espaldas á la ventana se levantó.