El de Gelves no se habia engañado, era una negrita.
Hablaron entre sí los tres y la negrita se dirijió á la ventana, el marqués se alejó para no ser descubierto y á poco el postigo se cerró.
El virey permaneció allí pensativo y preocupado hasta que la luz del alba y los cantos de los gallos, le anunciaron que era necesario retirarse.
Habia encontrado en aquella noche dos cosas, que no se apartaban de su imaginacion, y que no podremos decir cual le afectaba mas: una conspiracion de negros y la casa adonde se tramaba esta, la muger mas hermosa que habia visto en la Nueva España.
El marqués de Gelves era hombre que no se quedaba nunca á la mitad de un camino, pensaba averiguar quien era aquella muger, y saber lo que se trataba en las reuniones de los negros; pero comprendió que debia comenzar por la muger por que si comenzaba por el asunto de los negros, podia desaparecer ella, en caso de que no lograse prenderles á todos, y que la familia que ocupaba la casa se espantase.
El hombre de las confianzas del virey era un jóven acaudalado de México, que habia vuelto de Filipinas muy rico, despues de un destierro que se le impuso á causa de un duelo, por el antecesor del marqués de Gelves. Este joven, en quien sin duda conocerán nuestros lectores á Don Cesar de Villaclara, se habia hecho el amigo de confianza del virey por su talento, su audacia y su carácter franco y amable.
Jamas faltaba á la hora del almuerzo en Palacio, porque el marqués de Gelves no podia pasarse sin él, y aquella era para el virey la hora de verdadero descanso y en que olvidaba los negocios del gobierno y de la política y se entregaba á sus alegres conversaciones familiares.
El dia á que nos vamos refiriendo, Don Cesar encontró al virey, triste y pensativo.
Concluyó el almuerzo, sin que hubiera pasado aquella nube, y entonces el virey condujo á Don Cesar á un aposento interior y se encerró con él.