—TENGO que haceros una confidencia, Don Cesar—dijo el virey—que á no tener de vos tanta confianza, no os abriera mi pecho tan francamente.

—Puede V. E. depositar en mí su secreto, que solo en un sepulcro pudiera estar mejor guardado.

—Lo sé, y por eso os le fio: oíd.

—Hable V. E., que es para mí mucha honra.

—Don Cesar, anoche he salido á rondar como sabeis que tengo de costumbre en algunas noches, y en la calle que está derecho de San Hipólito he visto una muger, Don Cesar, cuya imágen poco tiempo presente ante mis ojos, no se borrará, ni se ha borrado un instante de mi mente.

—¿Tan bella es?

—Tan bella como un ángel, luz despiden sus brillantes ojos, perlas son sus dientes, coral sus labios, rizos de negra seda juegan sobre sus espaldas y sobre sus hombros, que envidiara la hembra mas hermosa de Castilla.

—Pero ¿quién es tan peregrina belleza?

—Pluguiese al cielo, que alcanzado hubiera la dicha de saber su nombre; esa muger no debe tener nombre sino entre los ángeles: muchos años han cruzado ya sobre mi frente, y la nieve de la edad blanquea mi cabeza ya sin que el fuego de los arcabuces haya podido derretirla, pero ni nunca tal garrida belleza he visto, ni nunca impresion tan estraña se ha apoderado de mí; este es el favor que os exijo; este es el servicio que espero de vuestra amistad, saber el nombre, la clase y el estado siquiera de esa dama.

—Señor, procuraré ayudar á V. E., pero ¿á dónde vive?