—No podré deciros mas, sino que la he visto en una ventana que está cerca de San Hipólito, de donde ví tambien salir varios negros, y en donde creo habita un negro alto y fornido con traza de rico.

—¡Ah! entonces ya sé adonde es.

—¿A dónde?

—En la casa de Teodoro, el negro liberto de la difunta Doña Beatriz de Rivera—yo respondo á V. E. que sabrá quién es esa dama.

—Me hareis un distinguido favor; me hareis, que mas os puedo decir, me hareis feliz. ¿Cuándo creeis saber algo?

—Mañana mismo lo sabré ya todo.

—Bien, id Don Cesar, y Dios os guie en vuestras investigaciones.

Aquella misma tarde rondaba ya Don Cesar por el frente de la casa de Teodoro.

Pero las ventanas permanecieron obstinadamente cerradas, llegó la noche y sucedió lo mismo.

—Volveré á la media noche—pensó Don Cesar, y se retiró.