Sor Blanca no salia á sus rejas durante el dia por temor de ser vista y conocida; sin embargo, al través de algunas hendiduras de las puertas miraba la calle.

Don Cesar pasaba en la tarde y Blanca alcanzó á verle. Don Cesar estaba algo variado, pero habia sido la única ilusion y el único amor de Blanca, y le reconoció; habia pensado tanto en él que no era posible que le hubiera olvidado.

Blanca se sintió desfallecer al mirarle, y luego se apoderó de ella un desaliento horrible: tal vez Don Cesar la habia olvidado, estaba ya unido, amaba á otra, y aun cuando no fuese así, ¿no habia entre ellos ya el abismo inmenso de sus votos monásticos, que el Arzobispo aun no habia relajado?

Don Cesar volvió á pasar y Blanca advirtió que miraba para la casa y que se detenia enfrente, y luego aquellos paseos se repitieron, y no habia duda: Don Cesar rondaba aquella habitacion. ¿La buscaria á ella? ¿Sabria que allí estaba?

En una de las veces Don Cesar pasó junto á la ventana, y se detuvo buscando un modo de ver para adentro.

Blanca le veia, no estaban divididos mas que por la reja y por la puerta, tenia el rostro de aquel hombre á una distancia tan corta, que podia haber escuchado un suspiro, sintió un vértigo, quiso abrir y presentarse, pero en aquel momento D. Cesar convencido sin duda de que nada conseguia, se retiró.

Toda la tarde penó Blanca en lucha con su deseo, por fin llegó la noche y no vió ya á Don Cesar.

Don Cesar salió á cosa de las once á proseguir sus investigaciones; no solamente su amistad con el virey, sino su amor propio y su curiosidad estaban interesados en descubrir á la dama misteriosa.

La noche no estaba completamente oscura, y al llegar cerca de la casa de Teodoro creyó notar un bulto.

Como acostumbrado á esta clase de aventuras, se dirijió al bulto para reconocer si era un hombre y alejarle de allí, aun cuando tuviese que andar para ello á estocadas.