—Como lo mande V. E.

—Quedaos, adios, y mañana os espero.

El virey se embozó y echó á caminar, perdiéndose á poco entre las sombras densas de los árboles de la Alameda.

La noche se pasó tambien, y á la hora del almuerzo contaba Don Cesar al virey que se habia perdido el tiempo.

—Pero supongo que no desmayareis—dijo el marqués de Gelves.

—Imposible, contestaba Don Cesar, yo cumpliré á V. E. lo prometido, y sabremos quién es esa dama.

En la tarde Blanca esperaba, y Don Cesar no tardó en venir y comenzar sus paseos.

Blanca luchó algo, pero al fin no pudo resistir, y abriendo su ventana se mostró á la vista del joven.

—Es un ángel, es una diosa, es algo que no pertenece al mundo sino al cielo—esclamó Don Cesar—y este rostro no me es desconocido, lo he visto, vive en mis recuerdos: ¡me mira! ¡me sonrie! ¡Dios mio, alúmbrame! ¡alúmbrame! ¿Quién es esta muger?

Don Cesar entre el torbellino del mundo habia perdido la imágen de Blanca, que como un recuerdo volvia á levantarse delante de él.