Si Blanca hubiera comprendido que Don Cesar no la recordaba, su corazon hubiera sangrado de dolor porque la pobre jóven soñaba con su candor de niña, que como ella amaba así era amada.
Un grupo de jente venia por la calle y Blanca cerró precipitadamente su ventana, y en vano esperó el jóven toda la tarde que no volvió ya á abrirse.
Llegó la noche y se retiró sin poder olvidar á la dama, y sin recordar tampoco en dónde la habia visto.
—Dios mio—decia—¿quién es esta muger tan bella y que me mira de una manera para mí tan estraña?
El virey en cuanto pudo desprenderse de sus negocios en la noche, volvió á la calle de San Hipólito.
Serian las diez y la calle estaba desierta, y el de Gelves creyó observar la primera vez que pasó, que la ventana de su bella desconocida estaba abierta y el aposento oscuro.
Volvió á pasar y se confirmó en su observacion, y se detuvo entonces en frente de la reja: oyó ruido en el interior, los pasos de una persona que se acercaba á la ventana, y luego una voz hechicera que decia:
—¿Sois vos?
—Yo soy—contestó el de Gelves comprendiendo que en todo caso decia una verdad.
—Os he visto rondar mi casa, y vos debeis comprender que vuestro amor y vuestras pretensiones son imposibles.