—¡Imposibles! ¿Por qué?
—Porque Dios ha puesto entre nosotros una inmensa barrera, que una muger cristiana no puede salvar; idos, y si me habeis amado, si me ameis aún, no trateis de perder una alma que en gran riesgo está ya por desgracia.
—Señora......
—Os lo ruego, olvidadme, que harto sabeis que no puedo ser vuestra. Adios.
Y la ventana se cerró con violencia antes que el marqués hubiera podido articular una palabra.
—¡Dios mio, Dios mio!—decia Doña Blanca sollozando en el interior de su aposento—acepta mi sacrificio en descargo de mis grandes culpas; tú ves, mi Dios, qué inmenso esfuerzo me ha costado despedirle para siempre; pero que no vuelva, que no vuelva, Dios mio, porque entonces, sí, no me sentiria con resolucion para tanto.
El marqués se quedó un momento reflexionando, y luego casi en alta voz pensó:
—Tiene razon esta dama; á mi edad, un hombre casado como yo, porque ella debe saberlo, y conocer á la vireina como casi toda la ciudad....... tiene razon, aún es tiempo de cortar esta pasion que, quizá mas tarde, me hubiera avergonzado.... pero yo la iba queriendo demasiado......... no, no volveré mas; mucho tengo en que ocuparme para andar á mis años en rondas y en amoríos.........
El marqués seguia caminando, y vió á un embozado que se acercaba.
—Debe de ser Don Cesar.