—Yo velaré por mi señor D. Fernando toda la noche, y pasarán por el cadáver del negro Teodoro, antes que hacerle mal.
—Muy bien, ¿tienes armas por si se ofrece el caso?
—¿Armas? los esclavos no podemos usarlas, y menos despues del motin del Juéves Santo.
—Tienes razon, pero entonces ¿qué puedes hacer?
—El negro Teodoro no necesita del cuchillo, ni de la espada—dijo Teodoro con desden, y acercándose indiferentemente á uno de los balcones, tomó entre sus manos dos de los hierros del barandal, y sin esfuerzo aparente de ninguna especie, los reunió, como si hubieran sido débiles cañas.
—¡Jesucristo!—esclamó el Bachiller admirado—tienes una fuerza espantosa.
—Poco habeis visto—contestó con frialdad Teodoro—me voy si vos no mandais otra cosa.
—¿Adónde vas?
—A buscar á Don Fernando, para guardarlo toda la noche.
—Acompáñame que voy tambien á buscarle.