—En esta tarde—dijo Don Melchor—creí que el marqués hubiera hecho una de las suyas acuchillando al pueblo, lo que hubiera precipitado ventajosamente para nosotros el lance.
—Así debió de suceder—contestó el Arzobispo—y no comprendo qué pudo detenerle.
—Mi esposa que estuvo presente, me ha contado que el virey no hizo siquiera impulso de arrojarse á la pelea.
—¿Será cobarde?—dijo el prelado.
—No lo piense V. S. I., pero está muy prevenido.
—¿Conque vos anduvísteis, señora—dijo el Arzobispo—en medio del peligro?
—Cuando se trata de la causa de Dios y de la Iglesia—contestó hipócritamente Luisa—la criatura mas débil es fuerte.
—Sois digna imitadora—dijo el Arzobispo—de Judit, de Estér y de Dévora.
—Señor Ilustrísimo.........—esclamó Luisa fingiendo ruborizarse.
—Y no crea Su Ilustrísima—agregó Don Melchor con cierto orgullo—no cesa de trabajar; esta noche me ha dado parte de que se ha encontrado á un antiguo criado suyo de gran influencia entre el pueblo, y muy útil, á quien llaman por mal nombre el Ahuizote.