—Seguir excitando y preparando al pueblo para la hora del combate.

—Estamos dispuestos—dijo Don Melchor—¿nos avisará Su Ilustrísima?

—Sí, si es posible; si no hay tiempo, las campanas que toquen el entredicho serán la señal.

Pocos momentos despues Luisa se despidió, en la puerta por donde ocultamente entraba y donde la aguardaba ya el Ahuizote. Luisa subió en su carroza y el Ahuizote trepó á la saga.

XI.
Cómo los celos hacen adivinar á las mugeres.

—RECUERDAS—dijo Luisa al Ahuizote al llegar á la casa—¿á aquel Don Cesar de Villaclara?

—¿Y cómo olvidarlo si tan malos dias nos hizo pasar? pero creo que lo enviaron á Manila y no ha vuelto á parecer.

—Te engañas, porque hoy le he visto en el palacio.

—Puede, pero al fin que ya no nos importa.

—Sí, sí nos importa, ha jugado ese hombre conmigo y me ha despreciado por Doña Blanca.