—Pero ahora de nada le servirá eso, porque á esa Doña Blanca, segun me dijeron, la metió monja su hermano Don Pedro.
—Es verdad, pero se ha fugado del convento.
—¡Calle! y qué picarona—dijo sonriéndose el Ahuizote—pero ahora se juntarán los dos, y el Santo Oficio dará cuenta final de esos amores.
—Eso es lo que pienso, y lo que trato de evitar.
—¿Qué? ¿Que los quemen? ¿Pues no los aborreciais tanto?
—No, lo que no quiero es que se vean, que se amen, que sean felices, y estoy segura de que así está sucediendo porque el corazon me lo avisa. Don Cesar es el único hombre á quien verdaderamente he amado, y no será de esa muger aunque me cueste el dolor de verle entre las llamas. Oyeme, es preciso que mañana mismo averigües en dónde vive Don Cesar, que pongas personas que lo vijilen, que vean adonde vá, con quien habla, todo lo que hace en el dia y en la noche, porque estoy segura de que visita á Doña Blanca, que la ama, y ¡hay de ellos! yo me sabré vengar.
—¿Pero si eso no es mas que una suposicion vuestra?
—No, estoy segura de que así sucede. Ya oyes lo que te he prevenido, y sabes que pago bien.
—Sereis obedecida de la misma manera.
—Mañana en la noche tendremos razon exata, ¿es verdad?