—Lo dicho Sr. Don Melchor—dijo el prelado—vuestra esposa es una de las mugeres fuertes de la Biblia, y el de Gelves caerá como los filisteos, atacado por todos lados.
—Lo que desearia que fuese muy pronto—contestó Don Melchor—que me enfado ya de estar aquí prisionero.
—Muy pronto caerán al sonido de las trompetas las murallas de la soberbia Jericó.
—Dios lo permita.
—Amen.
La reunión se disolvió. Luisa se fué á soñar con su venganza, y el Arzobispo á preparar con el inquisidor mayor la persecucion de Doña Blanca.
XII.
Como era un edicto del Santo Oficio.
POR la calle de Ixtapalapa, y fuera ya de la traza en los suburbios de la Ciudad habia una pequeña y aislada casa, en la que nadie habitaba hacía ya mucho tiempo, de manera que aquella casa se iba destruyendo rápidamente.
Una mañana los vecinos advirtieron gran cantidad de trabajadores, que casi en un solo dia, la pusieron en estado de servir. Durante la noche, se observaron criados y esclavos, que alumbrados por hachones traian muebles, que á lo que con aquella escasa luz podia mirarse, eran de mucho lujo.
A la mañana siguiente, todo movimiento habia cesado, y nadie entraba ni salia á la casa.